Quiero pensar que la mayoría de los lectores de LVCENTINVS hemos desarrollado nuestras carreras profesionales (sea en el mundo académico o no) conviviendo con el fenómeno de la globalización. No nos acordamos o nos acordamos vagamente de cómo era el mundo antes de esa globalización.

Desde mi punto de vista, el momento culminante del fenómeno o proceso de globalización hay que fijarlo en 2001, año en el que China pasa a formar parte de la OMC y abre su mercado a las grandes corporaciones extranjeras. Se cumplieron en diciembre 15 años de dicho acontecimiento.

Son muchos los países – primero los desarrollados y después las economías emergentes – los que se han beneficiado de la liberalización del comercio y la apertura de mercados nacionales que conlleva esa globalización. Claro está que, como dicen sus detractores, que los Estados se beneficien del fenómeno no implica necesariamente que todos sus habitantes salgan beneficiados por igual.

A pesar de estos efectos beneficiosos vivimos un lento proceso de desglobalización que empezó, precisamente, en 2001. El primer síntoma de ello es el auge de los tratados bilaterales de libre comercio. Aunque estos tratados pueden ser vistos como una profundización en la liberalización del comercio, también son una manifestación de signo contrario: la imposibilidad de los Estados de avanzar más en esa apertura de mercados y liberalización del comercio en foros multilaterales. De ahí que las grandes potencias primero (USA y UE a la cabeza), y las economías emergentes después (China, India…) se hayan lanzado a la negociación de estos tratados. A mi modo de ver esta tendencia no queda desacreditada por el hecho de que alguno de estos tratados incluya un gran número de Estados (es el caso del TPP).

El problema es que todo parece apuntar a que los tratados bilaterales es sólo el primer síntoma de la “desglobalización”. Existen indicios que de que a muy corto plazo la posibilidad de avanzar en los procesos de liberalización del comercio a partir de tratados bilaterales también se va a cerrar. Así, por ejemplo, en Europa, los Países Bajos bloquearon el acuerdo de libre comercio con Ucrania y Bélgica a punto estuvo de hacerlo con el CETA (UE-Canada). Del mismo modo, tras la victoria de Trump todos los periódicos dan por muerto el TTIP (UE-USA) y el TPP. Si, además, atendemos a la oleada de nacionalismos que recorre Europa (UKIP en Gran Bretaña, Le Pen en Francia, Hofer en Austria, Putin en Rusia), en teoría, todo apunta a que el futuro va a estar marcado por políticas estatales proteccionistas: obstáculos a las importaciones de productos extranjeros, prohibiciones a las empresas nacionales de fabricar sus productos en el extranjero deberían estar a la orden del día.

¿Cómo van a afectar este proceso de “desglobalización” a la protección internacional de la propiedad intelectual?

Para empezar, no creo que las políticas proteccionistas lleguen hasta tal punto de obstaculizar el registro o la protección de DPI de empresas extranjeras. Ello iría claramente en contra del principio de trato nacional establecido en CUP, Convenio de Berna y ADPIC. No creo que Trump se atreva a tal cosa en vista de las represalias que ello puede conllevar: entrar en una lucha de este tipo perjudicaría gravemente a las empresas estadounidenses, que son las más interesadas en una protección elevada de la propiedad intelectual. Cuestión distinta es qué pueden hacer sujetos como Putin (pues las empresas rusas no son tan dependientes de los DPI), y quien le puede llegar a imitar.

Que cada cual esté sólo interesado en proteger lo suyo debería conllevar un estancamiento todavía mayor de las negociaciones de nuevas tratados en materia de PI en los foros internacionales y en el plano bilateral. Pero ¿cuales son las consecuencias de este estancamiento y hasta donde puede llegar?

La ausencia de nuevas obligaciones internacionales que imponen unos determinados niveles de protección de la propiedad intelectual implicará que los Estados seguirán disfrutando de un cierto grado de flexibilidad para diseñar sus normativas de propiedad intelectual de acuerdo con sus objetivos de política legislativa en materia tales como ciencia y tecnología, cultura, agricultura o salud pública. Por ejemplo, que el TPP no vaya  a entrar en vigor porque EEUU no lo va a ratificar es una buena noticia para sus socios comerciales de menor desarrollo económico, al menos desde el punto de vista de la propiedad intelectual. Claro está que no todo es PI y que debe valorarse qué consecuencias negativas tiene la falta de entrada de vigor del TPP para estos Estados en otro campos: pérdida de un acceso preferencial al mercado estadounidense o canadiense de productos agrícolas y materias primas.

Pero volviendo a la propiedad intelectual, los grandes perjudicados por las nuevas políticas proteccionistas van a ser las empresas exportadoras de productos tecnológicos o de uso intensivo de la propiedad intelectual (en relación con el TPP y la pérdida de poder para imponer las políticas sobre PI de USA, aqui). De cumplir Trump con sus promesas, las empresas estadounidenses deberían ver cómo el nivel de protección de sus activos intangibles en países importadores de sus productos tecnológicos se estanca o incluso disminuye. Está por ver qué poder de persuasión pueden tener empresas como Apple, Google o Microsoft , o la industria musical, para convencer a Trump de la necesidad de seguir negociando tratados en materia de propiedad intelectual para evitar estas consecuencias.

La presión de estas empresas debería provocar que:

a) que EEUU siga jugando un papel activo en los foros multilaterales de PI. Es la única vía que le queda ya que las negociaciones bilaterales no serán factibles: no es verosímil pensar que un Estado acepta asumir obligaciones en materia de PI si, a cambio, EEUU no se compromete a facilitar la entrada de sus productos en su mercado nacional eliminando aranceles y otros obstáculos.

b) que EEUU se afane por exigir a sus socios comerciales el cumplimiento de las obligaciones sobre observancia establecidas en los Tratados de libre comercio ya en vigor;

c) que el Special 301 Report juegue un papel más relevante y que EEUU acabe imponiendo sanciones a los países incluidos en las Watch Lists;

d) que veamos nuevas disputas en materia de propiedad intelectual ante el sistema de resolución de controversias de OMC iniciadas por EEUU contra países que no cumplen con los compromisos asumidos en ADPIC.

Del mismo modo, está por ver hasta donde llega este avance del proteccionismo. En particular, ¿cual va a ser la posición adoptada por la Unión Europea? En principio, nada parece apuntar a que la Unión abandone sus posiciones aperturistas. Así, los tratados de libre comercio que la UE está negociando o negociará en el futuro cuentan y contarán con extensos capítulos de PI. Paradójicamente, como consecuencia del principio de nación más favorecida, dichos capítulos beneficiarán a las empresas estadounidenses tanto como a las europeas. Efectivamente, la obligación que pueda asumir Vietnam de incrementar el nivel de protección de la PI en su legislación interna beneficiaría a cualquier empresa extranjera haciendo negocios en el país asiático. Ahora bien, será la UE la que decida el contenido y los principios inspiradores de esa nueva legislación y esto preocupa a las empresas estadounidenses.

También es posible vislumbrar que la Unión Europea seguirá apostando por las negociaciones multilaterales en OMPI y OMC. Ahora bien, su posición negociadora en los foros internacionales se vería muy debilitada sin el apoyo de su socio número uno en la protección de la propiedad intelectual. Con la ausencia de EEUU, países como Brasil, India o China ganarían mucho peso para imponer su visión de la propiedad intelectual en esos foros internacionales. Esto me lleva a pensar que, tal y como he dicho anteriormente, EEUU va a seguir jugando un papel activo en los foros multilaterales de negociación. La ausencia de un frente común UE-EEUU impedirá sacar adelante tratados esenciales para la consecución de objetivos comunes de ambas potencias como, por ejemplo, la observancia de los derechos y la piratería en Internet. En cualquier caso, las negociaciones no van a ser nada fáciles. Más aun si EEUU empieza a hacer uso de las sanciones a la que habilita el Special 301, y empieza a demandar a determinados Estados ante la OMC.

El 2016 comenzó muy tranquilo en materia de propiedad intelectual. Ahora sabemos la razón: se estaba incubando una revolución cuyas primeras consecuencias empezaremos a apreciar en 2017. Aquí, en LVCENTINVS, os lo contaremos todo.

Abrazos

Aurelius

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