Andrew Mager (CC BY-SA 2.0)

Érase una vez, hace algunos errores, yo estaba en la mira; me tienes solo; me encontraste, o eso dice Google Translate que reza la musa de dorados cabellos y polizacéticas piernas (40 millones de dólares, ni más ni menos).

Era 2012, y ya entonces Taylor Swift hacía suyas las exhortaciones que de prestado podrían repetir los usuarios de Spotify, quienes desde finales de 2014 se veían heridos en su calidad de groupies con la espantada de su ícono (mucho más sonada que la desidia con que The Black Key, Tom York o Coldplay han ido olvidando poner en copia a la multinacional sueca).

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Así luce el vacío que ha dejado

Con ello dio el pistoletazo de salida a una desbandada de notorios y no tanto (para saber hasta dónde se entiende que se extiende su alcance, mejor consultar el caso C-328/06) de la que la competencia no ha dudado en aprovecharse – sirva de ejemplo la creación de Apple Music – y que tan desamparados ha dejado a seguidores y usuarios.

Fans vallados e histéricos aparte, parece que a los señores lEk y Lorentzon no dejan de crecerle los enanos, y si a principios de este año eran sus propios compatriotas los que se quejaban de lo poco que les daban para chuches (Läs mer aquí), ahora parece que la industria discográfica planea un embargo comercial que relegue a la plataforma con mejor publicidad comportamental del mercado en un desfase material que obligue a Martin a viajar al pasado o a someterse a las exigencias de acotar las prestaciones del servicio gratuito a unos mínimos vergonzosos.

Los conspiranoides de la propiedad intelectual ya habrán forrado las paredes con fotografías e hilo rojo, pero los demás quizás ya hayan vislumbrado que es Don Dinero, y más concretamente el tema de la remuneración de los derechos de autor y conexos, lo que exalta tanto los ánimos de los contertulios de Mujeres y Hombres y viceversa.

En este sentido, los que quieran arrojar algún tweet con propiedad no pueden perderle la pista al estudio de la Unión Europea acerca de la remuneración a autores y productores en los sectores audiovisual y musical (la industria editorial deberá esperar a principios de 2016 para ilustrarse). Y los que quieran comprender de dónde vienen los niños y a dónde va Europa en lo que al Mercado Digital Único se refiere, pueden ver esto y esto.

Volviendo al estudio, la muestra recogida en diez de los países de la UE (Francia, Reino Unido, Alemania, España, Polonia, Italia, Hungría, los Países Bajos, Dinamarca y Lituania) ha buscado profundizar en la dimensión patrimonial y, más concretamente, en los diferentes problemas a que se enfrentan los autores y productores europeos, fruto de una ausencia de armonización normativa.

Común es, sin embargo, el grueso de las críticas a los sistemas actuales, entre las que destacan: la falta de transparencia y la complejidad normativas – que llevan a los interfectos a no comprender a cuánto tocan por barba y qué pueden hacer los demás con sus niñas bonitas-, el escaso margen de maniobra y de poder negociador – en particular para determinados grupos – y la necesidad de una redefinición del papel de las entidades de gestión colectiva y otras asociaciones en el presente y futuro de la explotación de los derechos de autor.

¿Que si se dice algo de las formas de explotación no tradicionales? Se dice, se dice. Pero para eso, mejor eliminar a los intermediarios y comprar la fruta en origen.

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